lunes, 5 de marzo de 2012

El Zurdo

El despertador sonó apenas dos veces y él ya lo apagó.
Se levanto rápido para que su mamá no se preocupe y siga durmiendo. El día había llegado y los nervios le estrujaban el pedazo de pan que había empujado con el mate cocido que tomo de un sorbo en su estomago.
La mañana estaba fría, había niebla; con paso ligero llego hasta la parada de colectivos en la avenida, donde una cola de seis personas parecía esperarlo.
Tras una hora y media de viaje entre almas somnolientas, llego al centro de la ciudad capital.
Estaba justo con el horario, una señorita lo recibió con una sonrisa y casi al instante le entregaba un formulario que debía llenar antes de la entrevista.
El trabajo parecía prometedor. Con el sueldo podía permitirse proyectar algunos sueños a corto plazo: comprarle un vestido nuevo a su madre para que vaya a la iglesia los domingos, arreglar el vidrio roto del baño por el que se colaba una ventolera helada cada vez que se bañaba, encarar la nocturna para hacer el secundario, en fin, podía soñar, como hace tanto que no lo hacía.
Nombre, Apellido, Nacionalidad… señas particulares.
-          ¿Pongo lo del tatuaje en el pecho? (Un corazón alado)
-          No, si me van a dar un uniforme para que lo voy a poner.
Otra pregunta molesta.
-          Padre, Madre, ¿viven?
Responder a esto era remover cosas de su infancia que creyó haber superado, pero esas preguntas daban cuenta de que aún estaban dando vueltas en su cabeza.

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