Con el correr de los días mi cabeza se enroscaba cada vez más. Sentía la necesidad de liberarla.
En el mercado de lo imposible, la paciencia ya cotizaba en euros y la reserva que tenía para casos extremos ya la había consumido.
“LA SOLEDAD NO ES BUENA CONSEJERA”, frase que escuche infinidad de veces y que a mí me asustaba un poco, pero con el correr de los años se fue tornando una buena opción.
Como buen pisciano, creía en soluciones cuasi mágicas, fantásticas, imposibles. Pero en el universo de lo imposible, existen puertas que se abren ante nosotros y nos convierten en los únicos responsables de nuestras decisiones.
En ese edificio abandonado por el tiempo, donde supieron funcionar empresas multinacionales con decenas de empleados, hoy solo resiste mi oficina, el resto de los despachos estan abandonados, llenos de papeles tapados por una gruesa capa de polvo. Mi trabajo es mantener funcionando una vieja central telefónica que comunica al pueblo donde vivimos con el resto del mundo.
En la calurosa oficina donde trabajo, la jornada se torna imposible, no hay ventilador que resista. La piecita de atrás, que hace las veces de deposito y archivo, se convierte en el bálsamo refrescante que me ayuda a palear el calor de un verano crudo e implacable. El sol nunca calienta sus paredes y no tiene ventanas, solo la puerta de acceso, archivadores, papeles, biblioratos y más papeles. La vieja silla giratoria se convertía en el sillón de los dioses para una reparadora siesta al fresco de las manchas de humedad.
Cada vez que despertaba sobresaltado por la chicharra de una llamada fallida, solía pegar un salto y correr hacia el fondo del cuarto encarando esa sombra en la pared que se asemejaba a una puerta y que solo al tacto con la fría pared me hacia reaccionar que debía retomar el sentido contrario para salir por la ruidosa puerta de chapa oxidada.
La acción se repetía una y otra vez. Nunca me pregunté porque sucedía, que era lo que me impulsaba hacia esa sombra.
¿La soledad estaría haciendo de las suyas?, ¿tendrían razón los que profesaban aquella frase?, “LA SOLEDAD NO ES… “
Un día, sin darme cuenta la sombra había cambiado, parecía una puerta entreabierta, hasta podía ver un reflejo de luz del otro lado.
Por varias semanas desistí de mi siesta.
Una tarde de marzo, donde el calor del asfalto desinflaba las ruedas de las bicicletas del repartidor de diarios y el delivery, me envalentone y volvi a entrar al cuarto.
No había destellos, todo estaba en calma, respire profundo el fresco húmedo del cuarto y me dormí.
Al sonar la chicharra, pegue un salto y atravesé la puerta. Ya no era mi oficina, no era mi edificio, no había humedad, no había calor. Solo la sensación de bienestar que se siente cuando uno encuentra su lugar en el universo.
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