Sin saber demasiado sobre las cosas de la vida en la gran ciudad, Ramón, aquel muchacho misionero que había arribado a Bs. As. ya hacía algunos años, llegaba a la pensión donde vivía, cansado de un día agotador de trabajo en la obra en la que era peón de albañil en Vte. López.
La pieza de la pensión era bastante grande, no así el baño. Frío, chico, siempre húmedo y encima compartido con las otras habitaciones.
El Ramón había dejado la piecita un chiche. Hasta kitchine le había armado, lo que estaba prohibido, pero como siempre realizaba algún arreglito extra en la pensión, la dueña, doña Marta, siempre hacía la vista gorda; sin ánimo de ofenderla ni hacer menciones capciosas a su figura esférica y abultada silueta.
Ramón lograba descansar su cuerpo cuando su mente se transportaba hasta Santo Pipó, su lugar en el mundo en su Misiones natal. A tal punto que hasta lograba sentir el suave aroma de los yerbatales, u observar las picadas interminables cubiertas de frondosos árboles que dejaban pasar apenas algunos rayos de sol. O la tierra colorada tiñendo las alpargatas de los domingos al caminar, y hasta escuchar el zumbido de los mosquitos que lo despertaban en las calurosas siestas a la vera del río.
De chiquito soñaba con ser canoero, pero por esas cosas de la vida, hoy en día entre sus manos no solía tener un remo sino una pala ancha para dar vuelta los pastones del revoque grueso que su patrón, el Kuty, fratacha con esmero para alizar los grumos que le quedan a la mezcla, al tiempo que de su boca y entre dientes se deja oír un:
- “Pero si serás zampa boyas Ramón”.
La cuestión es que el Ramón se hacia querer. Desde gurí nomas.
La vida lo llevo a ser precavido y a no andar haciendo amistades con facilidad. Tampoco, a no andar creyéndose más que el prójimo, aunque lo fuera. Lección que aprendió con el indio Modesto, a la fuerza allá en Santo Pipó, cuando de mozo, jugaba a ser capataz y casi termino en lonjas a mano del mismísimo Modesto, por sentirse embaucado por dinero.
Ramón tenía claro una cosa, un día de estos, cuando logre juntar lo suficiente para comprarse un campito en Misiones, se vuelve con el título de ex peón de obra y pastonero de revoque grueso bajo el brazo, para dar trabajo y vivienda y no explotar a los peones como lo hicieron con él y su familia.
Pero eso si, como para concretar ese sueño falta algún tiempo y mucho esfuerzo, antes se arma un cigarrillo con tabaco misionero y se toma uno ricos amargos con yerba, por supuesto, misionera, mientras espera que se caliente la olla de agua para pegarse un baño reparador que le de fuerzas para levantarse al otro día a enfrentar un nuevo jornal en la obra de Vte. Lopez.
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