Su habitual grandilocuencia solía taladrar
mi cabeza. Mi cansancio mental, seguro se debía a padecer sus interminables
discursos que solían arrancar con el “levantáte,
que vas a llegar tarde!!!”, y seguían con “No te voy a llamar más, me tenés cansada”, por supuesto, siempre
recordándome la edad, “tenés 25 años!!!”.
Pero con el correr de los años, mi sentido
auditivo logró desarrollar una aleación impenetrable a sus palabras.
En los últimos días del mes de marzo sentí
la necesidad de sacar un turno con el otorrino. Algo me estaba pasando, casi no
la escuchaba.
Ya no me despertaba, no despotricaba, su
ser parecía ausente.
Sin gritos, sin discursos, sin palabras,
solo silencio.
Hoy uso un radio-despertador, para
escucharla cuando la locutora dice: “Es
la hora 5:30 en todo el territorio nacional”.