lunes, 23 de julio de 2012
Las chicas de la ventana
Como todas las mañanas, alrededor de las 7:00 AM, Raúl extendió la manguera, abrió la canilla y comenzó a baldear la vereda. El cincuenton saludaba con amabilidad a todas las vecinas que cruzaban por su territorio. No faltaba nunca la que le pedía pasar por el departamento para hacer algún arreglito de plomería, electricidad o pintura.
Los días transcurrían con la monotonía habitual. Pero al llegar la primavera, con los primeros calores, la ansiedad comenzaba a ganar el cuerpo de Raúl. Él tenía un secreto que lo avergonzaba, que lo apenaba, pero que no podía evitar. Podría ser tildado de perverso, enfermo, degenerado y que se yo cuantas cosas más. Pero no lo podía evitar, cual viudo que no ejerce relación carnal con fémina alguna desde hace mucho tiempo, esto se convirtió en su momento sexual. Sí sí, le gustaba mirar sin ser visto, espiar, fisgonear, lo que técnicamente se denomina “voyeur”.
Con el paso del tiempo los métodos los fue variando, la adrenalina pasaba más por el temor a ser descubierto, que por lo que estaba espiando.
Las señoras que lo “solicitaban” para algún arreglito en su departamento, tenían casi la misma intención pero a la inversa. Mientras Raúl transpiraba para destapar la rejilla de la cocina, las Sras. en cuestión, se paseaban en “babydoll” y “desaville” transparente, dejando ver la diminuta ropa interior, además del paso del tiempo.
Esto dejaba de ser atrayente para nuestro protagonista por dos cosas:
Primero; jamás tendría nada con alguien de su edificio por temor a perder el trabajo, a no ser aquella vez que fue extorsionado por la esposa del administrador y que nunca se volvió a repetir; quizás por la rapidez con la que acabó, todo.
Segundo, si la cosa viene regalada, la adrenalina no aparece y deja de tener interés.
Todo comenzó en su adolescencia. Un verano donde se fue de vacaciones con la familia de su mejor amigo. Mamá, papá, hermanito de 7, la hermana de 14 y por supuesto, el amigo. Tardecita de verano, luego de la playa, el papá del amigo prendiendo el fuego para el asadito, mamá del amigo cebándole unos mates, el hermanito rompiéndole las guindas al hermano mayor para que le enseñe a andar en bicicleta, y Raúl que sube hasta el departamento para pegarse una ducha. Pero ella, la hermana de 14, ya se estaba bañando. La puerta entreabierta, el vapor que salía del cuarto de baño, y la irresistible tentación de ver por primera vez el cuerpo de una mujer en vivo y en directo. Con el temor de ser descubierto, se mantuvo en las sombras del pasillo oscuro, la cortina apenas corrida dejaban ver solo los brazos de la joven que enjuagaba sus cabellos bajo el chorro de agua. Raúl solo miraba y esperaba, una sensación de temor y placer invadía su cuerpo. Y ocurrió lo que ansiaba. Apenas pudo distinguir los insipientes pechos de la muchacha en el reflejo empañado del espejo, sintió un torrente de sensaciones que lo llevo de un salto a meterse en el cuarto y acostarse boca abajo tratando de entender lo que le estaba pasando, inmóvil, espero a ser juzgado por la muchacha, que nunca se enteró de lo sucedido. Esto, lo excitó aún más.
Pasaron muchos años para que Raúl repita aquella experiencia. La soledad de la viudez, la monotonía cotidiana y la casualidad, hicieron que el Universo se confabule para que la experiencia se repita.
Cierta vez, se encontraba en la sala de maquinas del ascensor del edificio en el que trabajaba, el cuarto tenía una puerta de chapa que comunicaba con un pequeño balcón, que a su vez servía como acceso al tanque de agua al que se subía por una pequeña escalera empotrada en la pared.
Esa tarde-noche de verano, cuando el sol ya desaparecía en el horizonte y las sombras comenzaban a estirarse, Raúl se sintió tentado a salir al balcón de la sala de maquinas para respirar algo de aire fresco. Esa no fue la única tentación. Con la complicidad de la oscuridad de la noche que caía, comenzó a observar los edificios linderos. En uno de ellos hubo algo que le llamó la atención; lo que parecía un ventanal de un living-comedor, se transformó en una pantalla 3D a la que no se podía acceder ni con la mejor oferta comercial del mercado, ni con descuento del 30% del banco más marketinero.
Una joven deambulaba por el departamento tan solo con una musculosa blanca cortita y vedetina al tono.
De pronto vio ingresar a una segunda señorita, la que luego de saludar a la primera, cariñosamente, comenzó a “jugar de manos” peligrosamente, a lo que la primera no opuso ni la mayor resistencia. A Raúl, esta escena lo comenzó a inquietar. El hormigueo comenzó a multiplicarse cuando tomó cuenta de que alguien podría estar observándolo a él. ¿Sería la Sra. del 8°C? ó ¿la viuda de los perritos del 8°D, cuyo balcón lindaba con el de la sala de maquinas?
La escena de las chicas de la ventana que iba subiendo de tono lo mantuvo perplejo durante unos minutos, hasta que el ruido del ascensor que arrancaba lo hizo salir corriendo de aquel balcón oscuro; atravesar la sala de maquinas y bajar casi corriendo las escaleras por temor a cruzarse con alguien y que descubran lo que había estado haciendo.
El recuerdo de su adolescencia y las imágenes en 3D vividas lo llevaron a planificar con lujo de detalles las acciones a seguir para cada nuevo “espiaje”. Las chicas de la ventana no volvieron a presentar el mismo espectáculo. Sí lo hicieron otras ventanas, que dejaban entrever algunas veces, la cruda realidad a la que Raúl solo podía fisgonear sin ser visto.
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