El avión ya llevaba una hora de retraso,
finalmente se escucho el llamado para abordar.
Juan Alberto comenzó a caminar cansinamente
hacia el túnel que lo llevaría hasta el aeroplano.
Ya en vuelo, la azafata le ofrece algo de
tomar, a lo que él responde que sí:
-Algo
fuerte (dijo nervioso), es para sobrellevar
estos saltos que estamos dando.
-Tranquilo,
son solo turbulencias, veo que le puedo traer.
Y al rato le alcanzo una petaca de coñac
“Tres Plumas”.
Las turbulencias no cesaban; el avión se
sacudia una y otra vez. Hasta que en un momento todo fue calma. Pero la orden
de abrocharse los cinturones no se había apagado jamás.
A Juan Alberto lo asusto más esta calma
repentina que las turbulencias, así que saco del bolsillo la petaca de coñac y se
la tomo casi de un sorbo para luego aferrarse del asiento. Sentía que era la
antesala de algo que en realidad no quería pensar, y de pronto …
Un estruendo fuertísimo y el avión que se parte
en dos y comienza a caer.
Los gritos se sucedían, las cosas volaban de
un lado a otro, las mascarillas de oxígeno colgaban del techo. Juan Alberto
aferrado al asiento miraba como transcurrían los hechos a su alrededor como si
pasaran en cámara lenta. Pensaba en el final, en su final, sabiendo que ya era
inevitable.
…no se cuanto tiempo pasó, pero de pronto
estaba tendido en el piso, inmóvil, sentía los parpados cansados, los fue
abriendo poco a poco, los tibios rayos de sol se colaban entre las frondosas
ramas de la vegetación que lo rodeaba. Sus oídos percibían apenas un silbido
que se fue tornando cada vez más fuerte, trató de incorporarse del suelo
arenoso en el que estaba tendido boca arriba. Casi por instinto recorrió todo
su cuerpo en busca de lesiones graves. No las había, solo golpes y magullones.
Trató de caminar siguiendo ese silbido que
en realidad se trataba de ruido a agua, olas, mar. Llegó hasta la playa y ante
sus ojos, el peor de los espectáculos. Restos del avión, fuego, fierros retorcidos,
y unas pocas personas que estaban tan desorientadas como él.
Se le acerco una mujer mayor de unos
sesenta y tantos años, y le pregunto:
-¿Dónde
estamos? ¿qué paso?
-Parece
que en el paraíso (quiso bromear Juan Alberto).
Y en seguida se presento:
-Soy Juan Alberto.
-Ethel (le respondió ella), pero me dicen “la colo”.
Entre todos los sobrevivientes se fueron
ayudando, juntaron lo que podían de entre los restos del avión. Sorprendentemente
no hubo bajas, pero esto a nadie lo sorprendió, lo tomaron como un milagro más.
La noche del tercer día, escucharon música,
muy a lo lejos, pero era música. Sorprendidos y con la esperanza de que no
estaban solos, al día siguiente, el grupo tomo la decisión de ir en busca de la
fuente de donde provenía la música.
Caminaron horas y horas y horas. Ya muy
cansados y casi sin provisiones, al caer casi por completo la noche, divisaron
una luz a lo lejos, entre el follaje de la selva. Al avanzar y acercarse, se
encontraron con un caserío de cabañas prolijamente cuidadas, pintadas todas de
blanco, con techos rojos.
Parecía no haber nadie; siguieron caminando,
todos juntos sin separarse, temerosos, apenas con unos palos en las manos para
espantar a las fieras durante la travesía.
Al final de la hilera doble de casas había un
galpón, también pintado de blanco, todo iluminado. Desde allí provenían
murmullos.
Juan Alberto hizo punta y encaró, lo siguió
Ethel (“la colo”) y detrás, el resto del grupo.
Al pararse ante el portal doble hoja del
galpón blanco y amagar a golpearlo, éste se abrió lentamente y se asomo un
hombre vestido de blanco, con pelo largo, lentes pequeños y redondos. Detrás de
él había más personas vestidas de blanco.
El hombre de pequeños lentes redondos le
sonrió a Juan y le dijo:
-Bienvenido Juan Alberto, bienvenidos a
todos, me llamo John!!!
Pasen, los estábamos esperando.
Juan Alberto entro lentamente, el grupo lo
siguió. Una sonrisa se dibujaba en su rostro y una sensación de paz le lleno el
pecho. Se dio vuelta y mirándola a Ethel le dijo:
-Efectivamente,
llegamos al paraíso.
John prosiguió:
-Les
presento al resto de nosotros: ella es Mercedes, él es Roberto Sánchez, Harrison, Carpo Napolitano, aquel es Miguel
pero le decimos abuelo…
John, mirando al muchacho que sostenía una
guitarra blanca sentado en el fondo del salón le dice:
-Elvis, por favor, tocate algo para Juan
Alberto y Cía.
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