sábado, 21 de enero de 2017

El pozo

Por más que te vea, la realidad me indica que es un pozo, sin paredes de donde me afirmo para escapar.

lunes, 23 de julio de 2012

La Oficina


El día de la presentación se acerca. Podría definir si el proyecto de la “Torre Valenzuela” la hacíamos nosotros o la cuenta se la quedaba la competencia.
Darío era el responsable del proyecto, nunca entendí porque lo eligieron a él, tiene cero creatividad, cero manejo de la gente, cero líder, se la pasa preguntándome todo, si “esto está bien”, “que te parece aquello”, hasta para el picado de los domingos me consulta si puede venir sabiendo que siempre nos falta gente para completar el equipo. Hasta me parece que quiere dar lástima. Es un pobre tipo.
¿Y yo? ¿Qué carajo hago acá? Tres años en la escuela de arte y no me hago el tiempo para disfrutar de lo que más me gusta.
Tengo que terminar el cuadro de Sofía, la fecha de su cumple se acerca y la tela esta casi en blanco.
-          Gonzalez!! Traeme un café y los bocetos que te pedí ayer, dale.
Uhh!! Este rompebolas me tiene harto, un día de estos lo mando a la mismísima mierda. Se piensa que porque es el capo nos puede basurear a todos.
-          Sí señor, ahí se lo llevo.
El otro día ví como la apuraba a Marita. Sí, está re fuerte pero eso no significa que éste la tenga que estar acosando por todos los rincones.
La había tomado de un brazo y se la llevo hasta los ficheros, ella se veía resignada, casi sin resistirse, como en trance, ida de la realidad, no sé que le decía pero era de mal modo, la zamarreó, le pego un cachetazo y la hizo arrodillar delante de él. Esto era demasiado, no lo podía permitir; pero el miedo me inmovilizó. Pensaba en las cuentas impagas, el alquiler atrasado, las vacaciones con Sofía. Salí corriendo sin hacer ruido.
Le escupiría el café.
-          ¿Qué te pasa a vos que estas pálido? ¿estás enfermo? No te hagas el boludo que aquel inútil de Darío no sirve para nada y sin vos en la cuenta de la “Torre Valenzuela” seguro se nos cae. Deja el café ahí y dame los bocetos a ver como están.
Lo miraba inmóvil, callado, pensaba en Marita y me daban ganas de partirle la cabeza con el matafuegos.
¿Tendría familia? ¿Hijos, mujer? La debe fajar, seguro.
-          Esto es una cagada, así la cosa no va. ¡¡¡Daríooo!!!
El pobre de Darío, que mendiga compañerismo y amistad por la vida, se convierte así en la próxima víctima de éste pedazo de “nieto de puta”.
-          Sr. ¿llamaba?
-          A ver si le apretas las pelotas a éste pendejo!! Porque vamos muy mal.
-          Tranquilo que vamos a llegar.
Darío me miro y salimos de la oficina sin decir nada.
-          Nico, por favor, metéle pata que sino nos cortan la cabeza a los dos.
Asentí con la cabeza y me fui para mi escritorio.

"LOS APARECIDOS" (Homenaje a J. A. Badía) parodia de "Lost"


El avión ya llevaba una hora de retraso, finalmente se escucho el llamado para abordar.
Juan Alberto comenzó a caminar cansinamente hacia el túnel que lo llevaría hasta el aeroplano.
Ya en vuelo, la azafata le ofrece algo de tomar, a lo que él responde que sí:
-Algo fuerte (dijo nervioso), es para sobrellevar estos saltos que estamos dando.
-Tranquilo, son solo turbulencias, veo que le puedo traer.
Y al rato le alcanzo una petaca de coñac “Tres Plumas”.
Las turbulencias no cesaban; el avión se sacudia una y otra vez. Hasta que en un momento todo fue calma. Pero la orden de abrocharse los cinturones no se había apagado jamás.
A Juan Alberto lo asusto más esta calma repentina que las turbulencias, así que saco del bolsillo la petaca de coñac y se la tomo casi de un sorbo para luego aferrarse del asiento. Sentía que era la antesala de algo que en realidad no quería pensar, y de pronto …
Un estruendo fuertísimo y el avión que se parte en dos y comienza a caer.
Los gritos se sucedían, las cosas volaban de un lado a otro, las mascarillas de oxígeno colgaban del techo. Juan Alberto aferrado al asiento miraba como transcurrían los hechos a su alrededor como si pasaran en cámara lenta. Pensaba en el final, en su final, sabiendo que ya era inevitable.
…no se cuanto tiempo pasó, pero de pronto estaba tendido en el piso, inmóvil, sentía los parpados cansados, los fue abriendo poco a poco, los tibios rayos de sol se colaban entre las frondosas ramas de la vegetación que lo rodeaba. Sus oídos percibían apenas un silbido que se fue tornando cada vez más fuerte, trató de incorporarse del suelo arenoso en el que estaba tendido boca arriba. Casi por instinto recorrió todo su cuerpo en busca de lesiones graves. No las había, solo golpes y magullones.
Trató de caminar siguiendo ese silbido que en realidad se trataba de ruido a agua, olas, mar. Llegó hasta la playa y ante sus ojos, el peor de los espectáculos. Restos del avión, fuego, fierros retorcidos, y unas pocas personas que estaban tan desorientadas como él.
Se le acerco una mujer mayor de unos sesenta y tantos años, y le pregunto:
-¿Dónde estamos? ¿qué paso?
-Parece que en el paraíso (quiso bromear Juan Alberto).
Y en seguida se presento:
-Soy Juan Alberto.
-Ethel (le respondió ella), pero me dicen “la colo”.
Entre todos los sobrevivientes se fueron ayudando, juntaron lo que podían de entre los restos del avión. Sorprendentemente no hubo bajas, pero esto a nadie lo sorprendió, lo tomaron como un milagro más.
La noche del tercer día, escucharon música, muy a lo lejos, pero era música. Sorprendidos y con la esperanza de que no estaban solos, al día siguiente, el grupo tomo la decisión de ir en busca de la fuente de donde provenía la música.
Caminaron horas y horas y horas. Ya muy cansados y casi sin provisiones, al caer casi por completo la noche, divisaron una luz a lo lejos, entre el follaje de la selva. Al avanzar y acercarse, se encontraron con un caserío de cabañas prolijamente cuidadas, pintadas todas de blanco, con techos rojos.
Parecía no haber nadie; siguieron caminando, todos juntos sin separarse, temerosos, apenas con unos palos en las manos para espantar a las fieras durante la travesía.
Al final de la hilera doble de casas había un galpón, también pintado de blanco, todo iluminado. Desde allí provenían murmullos.
Juan Alberto hizo punta y encaró, lo siguió Ethel (“la colo”) y detrás, el resto del grupo.
Al pararse ante el portal doble hoja del galpón blanco y amagar a golpearlo, éste se abrió lentamente y se asomo un hombre vestido de blanco, con pelo largo, lentes pequeños y redondos. Detrás de él había más personas vestidas de blanco.
El hombre de pequeños lentes redondos le sonrió a Juan y le dijo:
-Bienvenido Juan Alberto, bienvenidos a todos, me llamo John!!!
 Pasen, los estábamos esperando.
Juan Alberto entro lentamente, el grupo lo siguió. Una sonrisa se dibujaba en su rostro y una sensación de paz le lleno el pecho. Se dio vuelta y mirándola a Ethel le dijo:
-Efectivamente, llegamos al paraíso.
John prosiguió:
-Les presento al resto de nosotros: ella es Mercedes, él es Roberto Sánchez,  Harrison, Carpo Napolitano, aquel es Miguel pero le decimos abuelo…
John, mirando al muchacho que sostenía una guitarra blanca sentado en el fondo del salón le dice:
-Elvis, por favor, tocate algo para Juan Alberto y Cía.

60 Segundos

El humito del mate recién tomado, apoyado sobre la mesa me hizo pensar en que solo estoy esta mañana, el cuarto frío a mi alrededor hace que piense más en ese mate vacío recién tomado sobre la mesa.
¿Cuánto tardaría en cebar y tomar el próximo?, vengo tomando uno detrás de otro como cachetada de loco, ¿Cuánto es el tiempo de espera correcto entre mate y mate?
Si espero demasiado el mate se enfría, si lo cebo muy rápido, la yerba se empieza a lavar y encima la panza se me hincha y no le doy tiempo a mi boca para saborear los bizcochitos azucarados “9 de Oro”, que son tan ricos.
Ya pasaron varios segundos desde que lo apoye sobre la mesa, ¿se estará enfriando?
No, debo resistir.
Agarro un bizcochito y le entro, mejor no.
Mi mano se acerca lentamente al termo, casi temeroso de no estar haciendo lo correcto.
Lo empiezo a empinar sobre la boca del mate. El agua caliente comienza a caer y penetrar la yerba aun tibia de la cebada anterior.
Apoyo el termo sobre la mesa, tomo el mate con la mano y antes de saborearlo miro el reloj.
Y sí, el tiempo correcto, son 60 segundos. 

Las chicas de la ventana

Como todas las mañanas, alrededor de las 7:00 AM, Raúl extendió la manguera, abrió la canilla y comenzó a baldear la vereda. El cincuenton saludaba con amabilidad a todas las vecinas que cruzaban por su territorio. No faltaba nunca la que le pedía pasar por el departamento para hacer algún arreglito de plomería, electricidad o pintura. Los días transcurrían con la monotonía habitual. Pero al llegar la primavera, con los primeros calores, la ansiedad comenzaba a ganar el cuerpo de Raúl. Él tenía un secreto que lo avergonzaba, que lo apenaba, pero que no podía evitar. Podría ser tildado de perverso, enfermo, degenerado y que se yo cuantas cosas más. Pero no lo podía evitar, cual viudo que no ejerce relación carnal con fémina alguna desde hace mucho tiempo, esto se convirtió en su momento sexual. Sí sí, le gustaba mirar sin ser visto, espiar, fisgonear, lo que técnicamente se denomina “voyeur”. Con el paso del tiempo los métodos los fue variando, la adrenalina pasaba más por el temor a ser descubierto, que por lo que estaba espiando. Las señoras que lo “solicitaban” para algún arreglito en su departamento, tenían casi la misma intención pero a la inversa. Mientras Raúl transpiraba para destapar la rejilla de la cocina, las Sras. en cuestión, se paseaban en “babydoll” y “desaville” transparente, dejando ver la diminuta ropa interior, además del paso del tiempo. Esto dejaba de ser atrayente para nuestro protagonista por dos cosas: Primero; jamás tendría nada con alguien de su edificio por temor a perder el trabajo, a no ser aquella vez que fue extorsionado por la esposa del administrador y que nunca se volvió a repetir; quizás por la rapidez con la que acabó, todo. Segundo, si la cosa viene regalada, la adrenalina no aparece y deja de tener interés. Todo comenzó en su adolescencia. Un verano donde se fue de vacaciones con la familia de su mejor amigo. Mamá, papá, hermanito de 7, la hermana de 14 y por supuesto, el amigo. Tardecita de verano, luego de la playa, el papá del amigo prendiendo el fuego para el asadito, mamá del amigo cebándole unos mates, el hermanito rompiéndole las guindas al hermano mayor para que le enseñe a andar en bicicleta, y Raúl que sube hasta el departamento para pegarse una ducha. Pero ella, la hermana de 14, ya se estaba bañando. La puerta entreabierta, el vapor que salía del cuarto de baño, y la irresistible tentación de ver por primera vez el cuerpo de una mujer en vivo y en directo. Con el temor de ser descubierto, se mantuvo en las sombras del pasillo oscuro, la cortina apenas corrida dejaban ver solo los brazos de la joven que enjuagaba sus cabellos bajo el chorro de agua. Raúl solo miraba y esperaba, una sensación de temor y placer invadía su cuerpo. Y ocurrió lo que ansiaba. Apenas pudo distinguir los insipientes pechos de la muchacha en el reflejo empañado del espejo, sintió un torrente de sensaciones que lo llevo de un salto a meterse en el cuarto y acostarse boca abajo tratando de entender lo que le estaba pasando, inmóvil, espero a ser juzgado por la muchacha, que nunca se enteró de lo sucedido. Esto, lo excitó aún más. Pasaron muchos años para que Raúl repita aquella experiencia. La soledad de la viudez, la monotonía cotidiana y la casualidad, hicieron que el Universo se confabule para que la experiencia se repita. Cierta vez, se encontraba en la sala de maquinas del ascensor del edificio en el que trabajaba, el cuarto tenía una puerta de chapa que comunicaba con un pequeño balcón, que a su vez servía como acceso al tanque de agua al que se subía por una pequeña escalera empotrada en la pared. Esa tarde-noche de verano, cuando el sol ya desaparecía en el horizonte y las sombras comenzaban a estirarse, Raúl se sintió tentado a salir al balcón de la sala de maquinas para respirar algo de aire fresco. Esa no fue la única tentación. Con la complicidad de la oscuridad de la noche que caía, comenzó a observar los edificios linderos. En uno de ellos hubo algo que le llamó la atención; lo que parecía un ventanal de un living-comedor, se transformó en una pantalla 3D a la que no se podía acceder ni con la mejor oferta comercial del mercado, ni con descuento del 30% del banco más marketinero. Una joven deambulaba por el departamento tan solo con una musculosa blanca cortita y vedetina al tono. De pronto vio ingresar a una segunda señorita, la que luego de saludar a la primera, cariñosamente, comenzó a “jugar de manos” peligrosamente, a lo que la primera no opuso ni la mayor resistencia. A Raúl, esta escena lo comenzó a inquietar. El hormigueo comenzó a multiplicarse cuando tomó cuenta de que alguien podría estar observándolo a él. ¿Sería la Sra. del 8°C? ó ¿la viuda de los perritos del 8°D, cuyo balcón lindaba con el de la sala de maquinas? La escena de las chicas de la ventana que iba subiendo de tono lo mantuvo perplejo durante unos minutos, hasta que el ruido del ascensor que arrancaba lo hizo salir corriendo de aquel balcón oscuro; atravesar la sala de maquinas y bajar casi corriendo las escaleras por temor a cruzarse con alguien y que descubran lo que había estado haciendo. El recuerdo de su adolescencia y las imágenes en 3D vividas lo llevaron a planificar con lujo de detalles las acciones a seguir para cada nuevo “espiaje”. Las chicas de la ventana no volvieron a presentar el mismo espectáculo. Sí lo hicieron otras ventanas, que dejaban entrever algunas veces, la cruda realidad a la que Raúl solo podía fisgonear sin ser visto.

martes, 1 de mayo de 2012

Sin embargo


Su habitual grandilocuencia solía taladrar mi cabeza. Mi cansancio mental, seguro se debía a padecer sus interminables discursos que solían arrancar con el “levantáte, que vas a llegar tarde!!!”, y seguían con “No te voy a llamar más, me tenés cansada”, por supuesto, siempre recordándome la edad, “tenés 25 años!!!”.
Pero con el correr de los años, mi sentido auditivo logró desarrollar una aleación impenetrable a sus palabras.
En los últimos días del mes de marzo sentí la necesidad de sacar un turno con el otorrino. Algo me estaba pasando, casi no la escuchaba.
Ya no me despertaba, no despotricaba, su ser parecía ausente.
Sin gritos, sin discursos, sin palabras, solo silencio.
Hoy uso un radio-despertador, para escucharla cuando la locutora dice: “Es la hora 5:30 en todo el territorio nacional”.

sábado, 7 de abril de 2012

El pastonero


Sin saber demasiado sobre las cosas de la vida en la gran ciudad, Ramón, aquel muchacho misionero que había arribado a Bs. As. ya hacía algunos años, llegaba a la pensión donde vivía, cansado de un día agotador de trabajo en la obra en la que era peón de albañil en Vte. López.
La pieza de la pensión era bastante grande, no así el baño. Frío, chico, siempre húmedo y encima compartido con las otras habitaciones.
El Ramón había dejado la piecita un chiche. Hasta kitchine le había armado, lo que estaba prohibido, pero como siempre realizaba algún arreglito extra en la pensión, la dueña, doña Marta, siempre hacía la vista gorda; sin ánimo de ofenderla ni hacer menciones capciosas a su figura esférica y abultada silueta.
Ramón lograba descansar su cuerpo cuando su mente se transportaba hasta Santo Pipó, su lugar en el mundo en su Misiones natal. A tal punto que hasta lograba sentir el suave aroma de los yerbatales, u observar las picadas interminables cubiertas de frondosos árboles que dejaban pasar apenas algunos rayos de sol. O la tierra colorada tiñendo las alpargatas de los domingos al caminar, y hasta escuchar el zumbido de los mosquitos que lo despertaban en las calurosas siestas a la vera del río.
De chiquito soñaba con ser canoero, pero por esas cosas de la vida, hoy en día entre sus manos no solía tener un remo sino una pala ancha para dar vuelta los pastones del revoque grueso que su patrón, el Kuty, fratacha con esmero para alizar los grumos que le quedan a la mezcla, al tiempo que de su boca y entre dientes se deja oír un:
  • Pero si serás zampa boyas Ramón.
    La cuestión es que el Ramón se hacia querer. Desde gurí nomas.
    La vida lo llevo a ser precavido y a no andar haciendo amistades con facilidad. Tampoco, a no andar creyéndose más que el prójimo, aunque lo fuera. Lección que aprendió con el indio Modesto, a la fuerza allá en Santo Pipó, cuando de mozo, jugaba a ser capataz y casi termino en lonjas a mano del mismísimo Modesto, por sentirse embaucado por dinero.
    Ramón tenía claro una cosa, un día de estos, cuando logre juntar lo suficiente para comprarse un campito en Misiones, se vuelve con el título de ex peón de obra y pastonero de revoque grueso bajo el brazo, para dar trabajo y vivienda y no explotar a los peones como lo hicieron con él y su familia.
    Pero eso si, como para concretar ese sueño falta algún tiempo y mucho esfuerzo, antes se arma un cigarrillo con tabaco misionero y se toma uno ricos amargos con yerba, por supuesto, misionera, mientras espera que se caliente la olla de agua para pegarse un baño reparador que le de fuerzas para levantarse al otro día a enfrentar un nuevo jornal en la obra de Vte. Lopez.

    lunes, 2 de abril de 2012

    Joaquín

    Transcurrían ya varios minutos del comienzo del cotejo y Joaquín
    seguía sin intervenir en el juego. La nube de polvo cubría, por
    momentos, el centro de la cancha, haciendo aún más misteriosa su
    figura.
    Parecía disfrutar del juego cual espectador de lujo sentado en primera fila.
    Los equipos se jugaban la final de la categoría 2001. Todos
    concentrados, minuto a minuto, y Joaquín allí parado siguiendo el
    desarrollo del juego, inmóvil, solo sus marrones ojos se movían de un
    lado a otro.
    "Bachicha", el perro salchicha, mascota del equipo de San Firpo,
    parecía ser el único en darse cuenta de la presencia de Joaquín, ya
    que ladraba, ladraba, no paraba de ladrar hacia el centro de la
    cancha.
    Entre los padres de los chicos que alentaban a los gritos a sus hijos,
    se encontraba Juana, la tía postiza de Martin el arquero de San Firpo,
    así la presentaba él, es quien lo crió desde chiquito tras la muerte
    de sus padres.
    Juana alentaba a los chicos y al "Bachicha":
    - Vamos "Bachi", ladra más fuerte así ganan los chicos!!!
    Bachicha percibía la presencia de Joaquín. Y éste le agradecía por
    momentos con una sonrisa.
    Faltaban dos minutos y el partido estaba empatado, San Firpo tiene el
    dominio del balón, están con un jugador menos por la expulsión de
    Lucas que quiso salivar fuera de la cancha y el escupitajo terminó en
    el pecho del árbitro, el que lo sanciono con una roja directa.
    Joaquín comienza a caminar hacia el arco contrario al de San Firpo,
    la pelota acaricia sus cabellos y sigue su curso hacia el "zurdo" que
    pica por derecha y mete un zapatazo infernal que apenas se desvía por
    sobre el travesaño arrancando un ahogado: Uuuuuhhhh!!! (de padres
    locales y visitantes).
    Joaquín se apoya en el poste derecho y sufre los últimos segundos del
    cotejo como lo hace la hinchada local de San Firpo.
    Treinta segundos, tiro libre, se prepara el "zurdo", silencio de ambas
    hinchadas, el arquerito dispone la barrera. Carrera corta, chutazo de
    zurda con efecto. La pelota hace una comba y por causa del mismo
    efecto comienza a abrirse y es claro que va a pegar en el poste o irse
    fuera de la cancha. El arquerito vuela hacia ese palo y mira casi
    aliviado cuando se da cuenta que la pelota se abre cada vez más, él no
    va a llegar de todos modos hasta el palo.
    Pero de pronto la pelota se mete en el arco… gooooollllll de San Firpo!!!
    Joaquín la había peinado de cabeza y la clavo en un ángulo.
    Gooooolllll!!!!
    Pitazo final. San Firpo ganador.
    El "zurdo" corre al centro de la cancha, levanta los brazos al cielo y con una sonrisa en su rostro grita:
    - Para vos "Joaco", para vos!!! Salimos Campeones!!!
    El árbitro al recibir el saludo del técnico de San Firpo lo mira casi
    queriendo saber quién era "Joaco", al que éste le comenta:
    - Joaquín era el cabeceador del equipo y se complementaban muy bien
    con el "zurdo" pero falleció de cáncer hace dos meses.
    San Firpo   1
    San Miguel 0

    domingo, 25 de marzo de 2012

    El Haiku de la rana

    Triste destino el de la rana.
    Siendo pequeña solo existe como un renacuajo, sin saber a esa altura si será pez o va para batracio.
    Nace y crece en un estanque de agua poco transparente, para que un día algún muchacho la case y la venda a algún restaurante de dos tenedores para el plato especial de los sábados: "patas de rana al ajillo".
    Peor aún, que sea llevada al laboratorio del colegio para ser descuartizada viva por los alumnos de segundo año del normal 5 de Villa Rosa.
    O quizás morir de amor, sí sí, morir de amor intentando cruzar la ruta para alcanzar el charco vecino en busca de su amada y ser aplastada por el expreso Luján de la tres de la tarde que la remacha contra el asfalto con el doble eje.
    En fin, solo valoriza la dura vida de la rana saberse fuente de inspiración de algún haijin y morir en un haiku que perdure en el tiempo.

    "Un viejo estanque
    La rana salta
    plop"

    (Matsuo Basho)